viernes, 11 de junio de 2010

Me llevo la palma

¿Qué hago? ¿le digo algo? Puede resultar muy violento. Acercarme de repente y decírselo, pero es que no puedo dejar de mirarla. El verde destaca mucho en su piel morena y pelo oscuro. Quizá esté esperando a su novio, no sé si debería hacerlo...

Al final decidí levantarme, dejando mi chaqueta en la silla y me acerqué a la mesa de aquella chica.

- Perdona. No quiero resultar molesto, pero te tengo que decir algo. Es que te he visto...
- Lo siento, tengo novio.
- Joder, sí que está siendo una situación incómoda. Lo que trato de decirte es...
- No tienes ninguna posibilidad.
- No me entiendes.
- A ver, dime.
- Lo que quiero decirte es que tienes un moco que sobresale de la nariz. Cambiando de tema, ¿por qué no tengo ninguna posibilidad? Yo no tengo mocos en la cara.

Me dio una bofetada y se fue. Es mejor no decir nada y pasar inadvertido.

lunes, 31 de mayo de 2010

De diez y cuarto a diez y media


Todavía son las diez y cuarto de la noche y no tengo nada más que hacer. Un día intranscendente más, esta vez al borde de la desesperación. Cuanto menos hago, más inútil me siento. No lo puedo evitar, mi polaridad ahora mismo es negativa y no me veo capaz de hacer absolutamente nada. Me tengo miedo a mí mismo, porque me pongo trampas y, a la vez, soy condescendiente. Me acomodo yendo de un extremo a otro. Sólo espero que pronto toque el reverso. Hace tiempo pensaba que necesitaba la luz del sol para tener más energia, más tarde dije que tenía que cambiar de tercio, luego, ¿qué será?

Han pasado diez minutos y me acabo de lavar los dientes y la cara. Me voy a poner las gafas para verlo todo más claro, pero no sé qué hay más allá de los nubarrones, a parte del cuarto menguante. Inclino mi cabeza a la izquierda mirando hacia la luna y me veo reflejado. Se avecina tormenta, pero no rompe a llover.

Ya sé que todavía es pronto, pero estoy cansado. Esperar a que pasen las horas cansa. Estar despierto cansa. Todo arde, desde las paredes hasta mis ojos.
Wait in the fire, wait in the fire...

Buenas noches. Nos vemos mañana en el mismo lugar, con un día menos para reaccionar.

lunes, 26 de abril de 2010

Un momento en la vida


- Ha llegado un momento en el que todos estáis emparejados y yo estoy soltero y me veo fuera de juego.

- Tienes que salir más. Como dice Lichis "es la falta de amor la que llena los bares".

- ¿Y a dónde voy a ir?

- Vete a cualquier discoteca. Están llenas de tías que estarían dispuestas a pasar un rato contigo.

- No, eso no, ando mal de dinero y no estoy como para pagarme put...

- Que no, que no me refiero a eso, aunque es otra posibilidad. Lo que yo digo es que las tías quieren pasárselo bien. Pero muchas de las que van a esos sitios, seguro que se lian con el primero que cumpla sus requisitos.

- ...

- Pues con que sea guapo, gracioso, le eche morro y baile bien ya tiene bastante hecho.

- ¡Joder! Casi nada. ¿Y qué pasa con los tímidos, que no bailan, les sudan las manos y se quedan en blanco cuando entran a una chica?

- Que lo tienen jodido. Prueba a decirles "hola".

- ¿Pero cómo se va a poder hablar en un sitio así si no se oye nada? Esos sitios no son para hablar con nadie... y tampoco veo chicas interesantes.

- ¿Te refieres a eso? Pensaba que querías follar. Ya sabes.

- Sí, creo que me acuerdo de eso. Jorge, voy a morir solo.

- A no ser que te entierren en una fosa común.

- Sería un buen sitio para conocer gente.

- No creo que te dieran mucha conversación.

- Yo tampoco la suelo dar, soy más de escuchar. Creo que tendríamos bastante en común.

- ¿La palidez?

- Además de eso. Creo que estoy muerto por dentro.

- Me deprimes a mí y a todo el mundo. Por eso nadie se acerca a ti.

- Trataré de ser más positivo.

- Sí, tío. Hay que ir con buen autoestima y seguridad.


Días después...

- He hecho un avance. Nada de discotecas. En la misma calle.

- Espera, vamos a bajar a la terraza, nos tomamos una cervecita y me cuentas.


Minutos más tarde...

- Dime, ¿qué te ha pasado?

- Ayer iba por la calle. Di una vuelta después de salir de trabajar. Con esto del buen tiempo, la gente no para en casa y yo me animé a salir. Como te he dicho, viene el buen tiempo, el calor, menos ropa...

- Me voy a pedir otra cerveza, que se pone interesante.

- Sí, bueno. Resulta que voy andando por la calle y me fijo en una chica rubia con falda corta que va andando por la acera y yo, con el cuello girado, la miro distraído.

- ¿Y ya está?

- Espera, que te sigo contando. Como estaba mirando para otro lado, al doblar la esquina choqué con una morena, con vestido de los de ir a trabajar. Se le cayeron los papeles al suelo. Le pedí perdón y le ayudé a recogerlos. Hubo un momento en el que estábamos de cuclillas, cogimos la misma hoja, nos incorporamos y, al levantar la cabeza, nuestros ojos se clavaron. Conectamos. Te juro que conectamos.

- ¡Muy bien! Así dejarás de ser el llorón que eres.

- Espera, que hay más. Hubo una risa nerviosa, apartó la mirada y se echó el cabello hacia atrás. Yo creo ella sintió algo. En ese momento se levantó un poco de viento y volaron unos cuantos papeles calle abajo. Yo me fui corriendo detrás de ellos y logré ataparlos. Mientras iba a devolvérselos, a lo lejos, se apreciaba su figura a contraluz. Impresionante. Al llegar donde estaba ella, le di sus papeles. Me dio las gracias y yo la invité a tomar algo.

- Bien hecho. ¿Qué dijo?

- Tenía que irse a casa a hacer la cena a su marido, porque él llega bastante tarde. Me volvió a dar las gracias y me soltó el típico: "que Dios te lo pague con una buena novia" y se fue.

- Lo del marido es un detalle sin importancia. Tenías que haber insistido... por lo menos lo intentaste. ¿Cómo reaccionaste?

- Me cabreé. Otra que se me escapa. Le dije que Dios es insolvente.

- Al final sí que vas a morir solo.

- Al menos quedan los amigos.

- La verdad es que sí. Brindemos por la madre que nos parió, bien a gusto se quedó.

sábado, 24 de abril de 2010

Más allá de Venus


Venus era verde y ella miraba con el alma.

Permanecía abstraída en un viaje que, realmente, nadie creería que estuviera realizando.
"¿Qué pintas tú en esa expedición?" es lo que ella entendía que cualquier persona le podría preguntar.
"Todos los que han querido venir lo han hecho. Los que no habéis querido os lo habéis perdido y nunca lo entenderéis" es la certera réplica que podía dar.

A pesar de pensar tanto en ello, en lo que pudiera opinar cualquier persona ajena a esta aventura, ya no había marcha atrás. La hermosa joven, de rizos dorados, ojos azules y naricilla respingona inundada de pecas se cansó de vivir en el lugar donde nació. No quería estar plagada de obligaciones sin haber conocido más que esa pequeña población en la que todos los días parecían idénticos y de la que corría riesgo de quedar atrapada si dejaba pasar el tiempo. Quería dejar atrás a la niña de 17 años que no terminaba de florecer por estar enjaulada en un florero de cristal. Necesitaba una maceta, con una vasta extensión de tierra.

"¡Han pasado ya cuatro años desde que me fui de casa!". Le dio tiempo a calcular. La travesía hacia una nueva dimensión estaba resultando tan tranquila y silenciosa que le dio tiempo a darse cuenta de los detalles más insignificantes de su vida como podría ser el primer día en la escuela, la vez que se cayó del columpio, se vio un día cualquiera saltando a la comba, cogiendo una botella de vino a escondidas para beber... muchos detalles que fueron definiendo su manera de ser.

"Se ve todo tan oscuro". Todavía quedaba mucho tiempo para llegar al destino. Esperaba encontrarse bien al llegar, puesto que nunca se sintió cómoda allá donde estuvo. Podría ser su naturaleza, la de esperar siempre algo mejor a lo que tiene, pero lo cierto es que no dejaba de buscar el mejor sitio para vivir. No era el primer viaje que realizaba, aunque éste resultaba ser el más lejano y, seguramente, el definitivo. Al menos, en la última carta que hizo llegar a su familia les explicó su marcha, escribendo que deberían sentirse orgullosos de su hija, ya que llegaría más lejos de lo que nadie iba a poder llegar.

"¡Me siento tan feliz!". Así terminaba la carta y así se sentía ella en ese instante. El viaje había finalizado.
En su rostro se dibujó una sonrisa al instante en el que el veneno hizo su efecto.

miércoles, 10 de marzo de 2010

La fiesta de disfraces

La muerte hace retratos de los vivos, mientras el difunto es mejor persona de lo que era.
Vuelan en círculo hasta que el moribundo está bien muerto. La herencia es su carroña.
Oigo a personas llorarte cuando antes te habrían cobrado por un saludo.
"Siempre nos dejan los mejores" dice el tipo que toda la vida te ha dado por culo.
Preso de la quietud y el silencio eterno pienso... ojalá te levantaras para reírte de todos estos tipos mentalmente enfermos.
Sólo tienen codicia. Pobrecillos, no hay suficiente para todos.
Desde la que llora desconsoladamente hasta el hombre que te pone bajo dos metros de arcilla, limo y arena en el entierro.
Debajo de esos trajes y vestidos negros llevan ropa llena de colores vivos, sobre todo, del color del dinero.
Es la fiesta de disfraces, donde se juega a estar triste y serio.
Todos estáis invitados, hay canapés y fiambre.

lunes, 15 de febrero de 2010

Un pensamiento de furia

Ahora mismo soy el percusionista oficial de la oficina. No sé por qué tengo estos nervios que me incitan a hacer este ruido infernal. Yo lo llamo "Samba minimalista de un desesperado en la oficina". Por cada pisotón, golpeo cuatro veces la mesa con la yema de los dedos de la mano derecha. Sería algo como "dedos, dedos, dedos, dedos, pisotón..." y así sucesivamente hasta que algo o alguien me saque de mi ensimismamiento. Estoy concentrado en no perder el ritmo. En que cada golpeo sea en el momento adecuado.

- ¡Deja ya de hacer ruido! - escucho a alguien protestar.

Ha llegado el instante en el que me han sacado de mi mundo musical. No me saben apreciar en este sitio. Aquí hay de todo. Un amplio abanico de posibilidades y de gente despreciable. El que no tira de la cadena en el baño, la que chilla para que sepamos que tiene un cargo importante, la inútil que no da una, el que huele mal, el chistoso sin gracia, la pesada que quiere todo para ayer, la que sale a la calle a fumar cada media hora... y así podría seguir uno a uno. Todos tienen algo que me irrita y cada uno juega un papel en esta pequeña sociedad de 8 de la mañana a no se sabe qué hora de la tarde-noche.

Cuando entré como becario hace 11 años, todavía pensaba que el futuro era prometedor y que acabaría con un chalet adosado con piscina y dos coches para meter en el garaje, una esposa cuyo trabajo sería mantener su físico en el gimnasio y una amante en la otra punta de la ciudad. Era bastante ambicioso, pero todo esto era algo factible. Con mi preparación y mi trabajo adquiriendo todos los conocimientos que debía aprender era cuestión de que en unos 6 años tuviera un buen puesto y en 10 ser directivo, que son los que ganan dinero de verdad. De eso se trata, de ganar dinero y llegar a tener poder, de formar parte del grupo de los que se llevan la mayor parte del pastel, de ser la envidia de los demás, de tener un apartamento en Manhattan. Lo normal que se le puede exigir a una carrera con grandes expectativas.

Al principio, todo iba según lo previsto. Al año me hicieron fijo y estaban muy contentos con mi labor allí, puesto que no suelen contratar a los becarios. De inmediato empecé a producir más que ninguno en el grupo de trabajo formado por la escotes, recién operada de pecho y, claro, había que mostrar los resultados; el barbas o cómo tener siempre un trozo de comida en la cara; muerdealmohadas, siempre que coincides con él en los baños, mira de reojo cuando miccionas y pasa su lengua sobre el labio superior, como si estuviera saboreando lo que ve; la depresiva, mujer de mediana edad que suele acabar llorando cuando se ve desbordada por el trabajo, su entorno, la llamadas que recibe por teléfono... por todo, y el jefe, dientes verdes, los cuales, estoy seguro de que brillan en la oscuridad.

Todo iba sobre ruedas. Pronto me tuvieron en cuenta para tener personas a mi cargo, con lo que, el grupo en el que estaba, se dividió en dos. Yo me quedé con una parte y se incorporó un becario nuevo. Me quedé con la escotes, para alegrarme la vista, y el barbas, para entristecerme la vista y compensar la distracción que me suponían esos pechos operados. Era asombroso cómo mi carrera profesional iba saliendo según lo había previsto antes de entrar en esta empresa y era cuestión de tiempo que los demás objetivos comenzaran a cumplirse.

Lo malo es que no conté con el enchufismo y no tuve en cuenta los 10 mandamientos:

1. No es lo que se hace, sino lo que aparentas que haces.
2. Si cometes algún error, demuestra que ha sido un fallo de otra persona.
3. Nunca seas el primero en levantarte de tu puesto de trabajo, aunque ya haya finalizado tu jornada laboral. Está mal visto.
4. Haz lo que diga tu superior. No te pagan por pensar.
5. Si tu superior estaba equivocado, más te vale tener pruebas de su equivocación o las culpas recaerán sobre ti.
6. Aunque tengas las pruebas, te llevarás una bronca. Si tienes personas a tu cargo, debes echarles la culpa a ellos y que estos hagan lo mismo si son responsables de personas con menor rango. Así hasta que se llegue a la base de la pirámide.
7. Siempre hay factores externos que impiden cumplir los plazos de cumplimiento de un trabajo.
8. Si te piden un análisis de los plazos, di el doble de lo que piensas que tardarías, puesto que a ti te exigirán que lo termines en la mitad del tiempo estimado.
9. Hay que ser correcto y educado con las personas que sabes que pueden decidir tu carrera e inflexible con la gente intranscendente.
10. No matarás.

Mientras saboreo y mordisqueo la tapa del bolígrafo pienso en qué momento se empezó a torcer mi carrera. Las personas, aparentemente, más inofensivas son las que más daño te pueden hacer. No esperas que te puedan llegar a perjudicar. Y, en mi caso, fue el becario. ¿Cómo me iba a imaginar que entró por enchufe y que se esperaba un ascenso meteórico por su parte? El puto sobrino del director general de la sede en España. El hijo más tonto de la hermana de su mujer. El mocoso más inútil y torpe que me haya podido encontrar. Cuando hice el informe en el comuniqué que no quería que le renovaran (por decirlo de manera suave), fue el día en el que me marcaron como hacían los nazis con los judíos. Por supuesto, al término de su periodo de becario, el niñato enchufado accedió a un puesto al que optaba yo. Con lo cual, me hizo la vida imposible. Años de menosprecio, de hacerme sentir cada vez más prescindible, de mandar informes a otras empresas del sector para que no me contrataran y tenerme aquí haciendo el trabajo sin motivación, con un sueldo no acorde a mis perspectivas y cualidades me han convertido en un ser indefenso. Pensando en mis numerosos gastos, no me ha quedado otra opción que aguantar esta situación. Estancado es la expresión adecuada, aunque resulta más preciso hablar de estar atrapado.
De ser alguien bastante respetado al principio, tuve que pasar a relacionarme con esta gentucilla que serían mis compañeros. La evolución ha ido a peor. De bajar con ellos a tomar el café y aguantar sus estúpidas bromas, pasé a poner excusas para no ir, terminando en una situación inaguantable de tonterías por su parte que cada vez me ponen más agresivo. He tenido en los últimos meses dos faltas leves por agresión verbal y, a la tercera, se convertirá en una falta grave, con sanción económica de por medio.

Tengo la vista cansada y me tapo los ojos con las manos y, al relajarme, mis pensamientos más profundos y agresivos empiezan a salir a flote. ¿Qué pasaría si mandara todo a la mierda? ¿Si diera rienda suelta a mis sentimientos y le diera a cada uno su merecido? Me pongo de pie, subo a la mesa y cojo los ordenadores y los lanzo contra la pared y otros los tiro por la ventana. Mientras salto de mesa en mesa, pateo alguna que otra cabeza, sobre todo, si me encuentro la del chistoso sin gracia en el camino. Le sobo las tetas a la escotes, porque aunque haya engordado en todo este tiempo, siempre tuve ganas de estrujárselas, ya que siempre estaban a la vista, incitando a que lo hiciera. Alguien trata de reducirme por la espalda, eso es de cobardes, y le hago una llave, agachándome, en la que utilizo toda su fuerza para darle la vuelta y que se caiga de espaldas. Ya en el suelo, le doy unos cuantos puñetazos, para que vean todos qué es lo que les espera si osan a actuar como él. Ahora mismo ni le reconozco la cara. Ante tal desconcierto, por parte de estos insignificantes personajes, voy dirección al despacho de mi principal enemigo. Llego a la puerta y está cerrada, al parecer está reunido. La abro de una patada.
- ¡Tú, fuera de aquí! - señalando a la persona con la que el enchufado estaba reunido - Esto es entre él y yo.
En ese momento sale del despacho asustado, y corriendo como puede, un hombrecillo en edad de jubilación. Observo que se ha agolpado toda la oficina en la puerta y ventanas que dan al interior del despacho, pero no se atreven a entrar a apaciguar mi ira. Seguramente han llamado a la policía, pero el mal está hecho y no voy a dar marcha atrás. Voy a morir matando. Empiezo a golpear a mi némesis hasta la extenuación y cuanta más sangre brota de su cara de porcelana pija que acabo de romper, más liberado me siento. ¡Qué sensación más hermosa!

Me quito las manos de los ojos y ya estoy más relajado y, a la vez, más preocupado. Me he dado cuenta de que mis objetivos se reducen a sentir esa liberación con la que he fantaseado y vengarme de la persona que me ha provocado este mal en todo este tiempo. Ya no me importan los sueños que tenía antes, estoy cansado de todo. Me dispongo a ponerme de pie y subirme a la mesa. Cuando tengo un pie apoyado en la mesa para impulsarme...

- ¿Qué cojones haces? - dice el chistoso sin gracia.
- ¡Eh! nada, me voy a atar los cordones del zapato - respondo, mientras me doy cuenta de que no me atrevo a dar el gran paso.
- Pero si los llevas atados - observa -. Siempre has sido un tío raro.

Mientras escucho las carcajadas de todos a mi alrededor, le miro con cara de odio y pienso:

- Algún día tendréis vuestro merecido.

sábado, 26 de diciembre de 2009

La adustez de Rensi Jackson‏

Acabo de amanecer tirado en el sofá, con la triste compañía de una botella de Jack Daniel's y el montón de basura que creé anoche. El dolor de cabeza, mezcla de alcohol y de no parar de dar vueltas a mi estancamiento, lo alivio colocando mis gélidas manos en la frente, sobre el ojo izquierdo. De fondo suena el teléfono, el causante de que esté despierto. No me gusta hablar por teléfono, es algo que odio y, sin embargo, la mayor parte del dinero que gano es por recibir llamadas.

Mi trabajo de subsistencia es el de teleoperador. Me gusta tener un trabajo sin responsabilidad en el que pueda tensar la cuerda hasta llegar al límite. Requiere de tiempo de adaptación: Primero mis superiores, los coordinadores, piensan que soy una persona competente y que me importa hacerlo bien; hasta ir pasando al estado de máxima incompetencia para demostrar lo gilipollas que es la gente. Sobre todo, ante situaciones que no son las esperadas. Así, después de un mes trabajando con normalidad, aguantando gritos por teléfono; siendo un psicólogo para los clientes que me cuentan los problemas que causan las incidencias en las líneas de teléfono, mientras hago que me intereso por ellos y les digo que su llamada es muy útil; los descansos de cinco minutos puntuales por hora trabajada y los informes detallados de cada llamada... pasaron a un correcto aprovechamiento de las seis horas de trabajo durante cinco días a la semana ocupándolas en lo único que valgo hasta ahora, escribir. No me llevo bien con la gente de allí, tampoco mal. Hablo poco con los compañeros, ya que no me interesan sus vidas, ni me aportan algo más allá que indiferencia. En este trabajo de mierda, he conseguido que me den varios toques de atención en los últimos meses sin trágico resultado, ya que les manipulo o pongo varias excusas hasta que razonan, equivocadamente, que sería un error despedirme. La mayoría de las veces ni siquiera se dan cuenta de lo que hago, es normal que no estén cualificados para verlo ganando el salario mínimo. He cantado por teléfono, me he hecho pasar por un contestador automático, por teleoperadora de línea caliente, he hecho que los clientes hablaran solos, he repetido lo que decían... y todo para mi satisfacción personal. Nunca el saludo de rigor - "Buenos días, le atiende Rensi Jackson, ¿en qué puedo ayudarle?" - fue tan inexacto.

Mientras el teléfono sigue sonando, abandono el salón, cierro la puerta y camino apoyándome en la pared del pasillo que me lleva al lugar que tuve que ocupar anoche. La oscuridad del dormitorio ayuda a que pase de un estado de alelamiento a que todo se mueva mientras permanezco inmóvil. Me tumbo en la cama, el mejor momento del día, pero no en este día.

Ahora, ya más relajado y entrando en calor, me pregunto qué es lo que me ha pasado. He alimentado tanto a mi personaje que sólo queda la esencia de lo que alguna vez fui. Dentro de todas esas capas áridas, sarcásticas, de las quejas y de la especie de mueca que realizo cuando intento sonreír, y que parece más bien un gesto de desprecio, hay vida. Debe haberla. Soy una especie de asteroide orbitando alrededor de un agujero negro, mientras todo danza en círculos al son de su siniestra música, toda la luz y el propio asteroide desaparecerán como el agua en el sumidero. Ya no quedará nada, ya me importará nada.