martes, 9 de noviembre de 2010

Verde, ámbar y rojo

"Sólo quedan tres semáforos" - se consolaba.

- ¡Vamos! ¡Ponte en verde ya!

No podía aguantar 10 minutos más. Todo el stress que llevaba encima tenía que salir, pero debía de esperar. No era momento aún.

Justo al ponerse el semáforo en verde, Paul empezó a dar golpes al volante, haciendo sonar el claxon. Llegaba con retraso a su cita de todos los días y no podía permitir que se le pudiera pasar el turno.

- ¡Gilipollas! Que ya está en verde.

El coche de delante se había calado. Justo en ese momento, en el día que llegaba tarde, con lo puntual que solía ser.

Dio un volantazo y se puso en el carril del medio para girar a la derecha en la siguiente bocacalle.

"Tranquilo. Dos semáforos".

Por ese infortunio, el siguiente semáforo pasó de ámbar a rojo antes de que pudiera saltárselo.

- Hola, ¿quieres que te cambie la vida? - preguntó una mujer con unos labios obscenos y exageradamente mal pintados, mucho colorete en la cara y con unos ojos que eran un oasis en medio de las arrugas.

- No. Estoy muy bien como estoy - contestó de la manera más seca posible.

Mientras Paul se inclinaba al asiento del copiloto para darle a la manivela que sube la ventanilla, pero la mujer se apoyó en ella. Se dio cuenta de que llevaba una mochila colgada a la espalda. Seguramente tendría dentro toallas para limpiarse.

- Vamos, no te vas a arrepentir. ¿De verdad que no quieres saborear este cuerpo? - dijo mientras se llevaba el cigarro a la boca para, a continuación, manosear sus pechos.

- No, de verdad, llego tarde.

- Todo puede esperar. Un momento conmigo y te puedo llevar al cielo o al infierno, donde tú quieras.

- El semáforo se va a poner en verde, apártate.

- Déjame subir y querrás repetir, cariño - la prostituta estaba cada vez más seria. No se daba por vencida, como si nunca hubiera sufrido un rechazo y tuviera que mantener una reputación.

Una mujer mayor pasaba por ahí con unas bolsas de la compra y miró a Paul con cara de desaprobación. Paul le contestó con un corte de mangas.

- Váyase a la mierda, señora... - dijo gritando - y tú también - bajó la voz dirigiéndose a la prostituta.

- No te vas a olvidar de mi cara.

La prostituta sacó una botella de whiskey de la mochila, la abrió y le echó un chorro a Paul, se apartó del coche y comenzó a andar rápido.

- ¿Qué haces?... claro que no me voy a olvidar de tu cara. ¡Eres muy fea! - gritó hacia la prostituta.

El semáforo se abrió justo cuando estaba chillando a la prostituta y Paul aceleró pisando el acelerador a fondo. Pasados unos metros notó cómo el coche pegó dos botes y frenó.

En el suelo yacía la prostituta y Paul apestaba a whiskey.

jueves, 26 de agosto de 2010

1274 ovejas balando en mi casa


El viento silba y hace que choque cada lámina de la persiana entre sí. Es zarandeada hacia delante y hacia atrás provocando pequeños golpes secos. Nada puede hacer, está a merced del furioso aire.
Los perros ladran asustados. Se comunican entre ellos avisándose del estruendo.
Los dueños de los perros les chistan sin conseguir que paren.
Un coche pasa por la calle con la música bastante alta. Apenas he podido escuchar una guitarra distorsionada por la velocidad del vehículo. He reconocido la canción y se me ha metido en la cabeza.
Mi dormitorio está pegando, pared con pared, cabecero con cabecero, con el del vecino y ronca como un bulldog francés de 1 m y 80 cm y 100 kg de peso. Gracias, pladur.
Me relajaría oír a los grillos, pero no viven cerca de este campo de asfalto. Ni me molesto en preguntar por las estrellas.
Estoy tumbado de lado y noto cómo me palpita cada músculo y me siento a disgusto. La novedad del cambio de lado, rápidamente se vuelve familiar, hasta acabar bocabajo, con mi perfil bueno apoyado en la almohada que ahora noto demasiado alta.
Cuando más o menos estoy acostumbrado a esta postura, noto mi corazón latiendo a doble bombo. No es que quiera que pare, lo que quiero es no estar pendiente de todos estos ruidos.
Comienzo a contar ovejas y no paran de balar. No atienden a razones, así que no les voy a pedir que salten vallas de una en una.
Una, dos, tres, cuatro... En efecto, no puedo dormir.

miércoles, 25 de agosto de 2010

La nueva esclavitud


Es una mañana calurosa de agosto. Con 39º es difícil moverse, pensar o respirar sin que te caigan gotas de sudor. Sería un momento perfecto para estar durmiendo, pero por alguna extraña razón estoy en el descanso para almorzar en mi primer día de vuelta al trabajo. Descanso que siempre aprovechamos para ir al bar que hay pegado a la fábrica a tomar unas cervezas. Esta vez, de los de siempre, sólo estamos mi compañero Julian y yo.

Julian es una persona conformista. Lleva 20 años trabajando en esta fábrica de cajas de cartón y se siente afortunado de trabajar aquí. En cambio, yo llevo 3 años aquí, porque no puedo aspirar a otra cosa ahora mismo.

- ¿Qué tal las vacaciones? - me dice con cara sonriente, pero burlona.

A él le queda una semana para marcharse de vacaciones y en el mes de agosto hay menos trabajo, así que está bastante relajado y quiere picarme.

- Cortas - respondo como si fuera un gran jugador de poker, sin que se me noten las emociones.
- Pero ¿no has estado dos semanas de vacaciones?
- Y once meses trabajando. No es justo que un vago como yo tenga que escuchar todos los días al despertador. ¿Hay algún invento más cruel que una maquinita como esa?

Ya ha conseguido que me altere. No ha sido muy complicado el sacarme de mis casillas. Cada vez lo llevo peor. El cabrón de Julian sabe qué decir en cada momento para que salte, pero en el fondo sé que le encanta tener estas conversaciones conmigo. Soy justo lo contrario a lo que es él. Es un hombre de unos 55 años, bajito y delgado, calvo, pero parece más joven de lo que es, incluso más joven que yo. Siempre que habla, da muestras de optimismo con respecto a todo, con lo cual, siempre estamos discutiendo, él de manera pausada y yo soy más temperamental.

- Sí que habrá cosas peores... - me rebate.
- Es antinatural. Lo sano es dormir hasta que estés descansado.
- Tampoco es sano el tabaco y tú no paras de fumar.
- Porque estoy de los nervios. No puedo dormir. Cuando estoy atrapado por las sábanas y mi cuerpo se funde con el colchón, suena ese pitido infernal.
- Puedes probar a poner en el despertador alguna canción, así te levantarás más relajado.

Siempre tiene respuestas para todo. De verdad que se está divirtiendo... y yo también. Me encanta despotricar sobre todo, es una gran vía de escape.

- No me gusta la música. Antes sí, escuchaba música a todas horas. Ahora me gusta el silencio. Hay demasiado ruido en la ciudad.
- ¿Y qué has hecho en vacaciones? ¿te has ido a algún sitio tranquilo? - mientras juguetea con el vaso medio vacío, espera mi respuesta sonriente.
- Sí. Me he ido a la casa de la playa, pero ¿sabes? ahora toda esa zona se ha puesto de moda y estaba llena de cangrejos borrachos.
- ¿Cangrejos borrachos?
- Guiris. Llenaban todos los bares y se bebían toda mi cerveza. Todo lo que quería era ir del bar de siempre a la playa y lo han fastidiado todo.
- Y no has venido moreno.
- Al final, he tomado medidas drásticas.
- ¡Ah! ¿sí?
- El segundo día fui al supermercado y compré toda la cerveza que te puedes imaginar. Bolsas de patatas y comida rápida. Llevé la nevera y la televisión al cuarto de baño. Cuando se calentaba el agua, sacaba cubitos de hielo de la nevera y los echaba a la bañera. Cuando se me calentaba la boca, cogía un par de cervezas de la nevera. Y mientras tanto, veía películas en la tele, el resto es basura. Dicen que en verano no ponen nada interesante.
- Ni en el resto del año.

Por fin dice algo inteligente. Realmente lo parecía, pero no lo suficiente como para dejar de estar acomodado a su anodino día a día. A pesar de replicarme todo el rato, es una persona demasiado condescendiente con su mujer, los jefes y cualquier persona con la que no tenga la confianza que tiene con nosotros. Parece que en esos casos, no piensa por sí mismo y se deja llevar a esa vida de tranquilidad exterior e infelicidad interior.

- Pero bebiendo todo se ve desde un punto de vista diferente.
- Así que has estado borracho todas las vacaciones.
- Borracho y arrugado.
- Y ahora estarás de resaca.
- Y con depresión post-vacacional. ¡Qué mejor que un depresivo para superar el maldito trabajo! Brindemos por el alcohol, porque nos hace la vida más interesante.

Al ponerme de pie para brindar, acabo de levantar ligeramente la mesa con mi gran tripa y casi le tiro la cerveza a Julian. A veces pienso en coger una sierra y cortarme la barriga, otras veces pienso que no sería buena idea, pero estoy tranquilo, nunca actúo según pienso.

- ¿Y no has hecho nada más? ¿no has hablado con nadie?
- No sabes cómo ha cambiado todo de un año para otro. Parecía que estaba en el extranjero, nadie hablaba mi idioma. Es ridículo.
- Deberías vender la casa.
- Debería hacer muchas cosas y no las hago.
- En el fondo te gusta estar en un continuo estado depresivo para poder quejarte de todo.
- Y también me gusta rascarme los sobacos.
- ¿Qué tiene que ver?
- Todo. Cuando me quejo, sé que debería cambiar, pero me doy cuenta de que es demasiado tarde ya y me duele... y después de sacar toda es mierda, es cuando sé que mi vida apesta. Después de rascarme los sobacos, me duelen y mis dedos huelen fatal. Era una metáfora.
- Muy rebuscada. ¿Por qué siempre eres tan negativo? ¿qué es lo que te hace tan infeliz? - pregunta como si fuera un psicólogo o un camarero de bar.
- La sociedad, la gente, la televisión... te obligan a vivir de una manera y luego se llenan la boca con la palabra libertad.
- Explícate.

Puede que esté intrigado o preocupado por mi salud mental. De hecho, su expresión facial ha cambiado, pasando a estar más serio que antes. Sea lo que sea, me va a escuchar. Eso sí, después de darle un largo trago a mi vaso.

- La televisión, con toda su propaganda, está mandando mensajes continuamente diciendo que hay que ser productivo en esta sociedad y tienes que seguir unas pautas. Hay que ser bueno, estudiar, trabajar, casarte, consumir todo lo que te vendan y morirte. Todo sin rechistar, sin pensar por qué es todo así... y te diré por qué es así, porque hay unas cuantas personas con poder y forradas de dinero, de nuestro dinero, que se aprovechan de gente como nosotros. Somos carnaza. Si falta uno de nosotros, nos sustituirá otro. Somos pilas usadas. Cuando se gastan, las tiras a la basura y pones otras nuevas.
- Pero...
- Nos quieren hacer sentir como si no valiéramos nada y, en efecto, cada paso que nos inducen a seguir nos resta valor. Tú estás siguiendo todos esos pasos. Yo me niego. Por ejemplo, tengo 47 años y no estoy casado.
- Estás paranoico. ¿Qué tiene que ver todo eso con casarse?
- Pero ¿no te das cuenta? El mundo está hecho para las parejas. Si estás soltero te penalizan, todo te sale más caro, como irte de viaje. ¿Cuántas ofertas hay de 2 por 1? ¿has probado viajar solo?
- Eso lo hacen por estadística. Hay más gente que viaja en pareja que sola.
- No, no te centres en viajar. Todo lo hacen, porque las parejas suelen ser las que tienen hijos. Cuantos más hijos, más carnaza a la que esclavizar de por vida.
- ¿Esclavizar? - pregunta mientras cierra los puños y cruza los brazos.
- De verdad, no te das cuenta de nada. Es la nueva esclavitud. Te lo acabo de decir. Te obligan a tener una existencia llena de aparentes comodidades, pero, en realidad, esas comodidades son formas de atarte, una manera de tener dependencias hasta que te mueras. Toda la tecnología que te meten por los ojos. Te dicen que te van a hacer la vida más fácil, pero todo eso sirve para hacernos más inútiles, más ignorantes y dependientes de ellos. Así nos manejan a su antojo. Y luego están las hipotecas. Siempre hay algo que pagar: la casa, el coche, los viajes, caprichos. Así te mantienen obediente para no perder todas esas cosas.
- Ésa es tu visión negativa y pesimista de la sociedad.
- ¿Y qué ha hecho por mí la sociedad? Le he dado los mejores años de mi vida y no me ha devuelto nada. Me ha quitado la juventud.
- Te ha dado el tabaco que te estás fumando y la cerveza que te estás bebiendo.
- ¿Pero qué dices? ¿Es que somos mayas o egipcios? Mira, yo no estoy dispuesto a seguir más así.

Se escucha una bocina que indica que hay que volver a trabajar. Nos levantamos y voy a la barra.

- Yo invito - le digo a Julian.
- Gracias, pero vamos, rápido.

Después de pagar observo que me está esperando con cara de angustia, como si estuviera quebrantando alguna ley.

- Ya toca largarse - me comenta.
- Relájate.
- Pero nos pueden llamar la atención.
- Ni siquiera tienen lo que hay que tener para decirnos a la cara que se ha acabado el descanso. Utilizan una bocina para llamarnos. Silban y vamos corriendo hacia ellos como perros asustados.

Los zapatos pesan y avanzo lentamente. Siento los grilletes.

viernes, 11 de junio de 2010

Me llevo la palma

¿Qué hago? ¿le digo algo? Puede resultar muy violento. Acercarme de repente y decírselo, pero es que no puedo dejar de mirarla. El verde destaca mucho en su piel morena y pelo oscuro. Quizá esté esperando a su novio, no sé si debería hacerlo...

Al final decidí levantarme, dejando mi chaqueta en la silla y me acerqué a la mesa de aquella chica.

- Perdona. No quiero resultar molesto, pero te tengo que decir algo. Es que te he visto...
- Lo siento, tengo novio.
- Joder, sí que está siendo una situación incómoda. Lo que trato de decirte es...
- No tienes ninguna posibilidad.
- No me entiendes.
- A ver, dime.
- Lo que quiero decirte es que tienes un moco que sobresale de la nariz. Cambiando de tema, ¿por qué no tengo ninguna posibilidad? Yo no tengo mocos en la cara.

Me dio una bofetada y se fue. Es mejor no decir nada y pasar inadvertido.

lunes, 31 de mayo de 2010

De diez y cuarto a diez y media


Todavía son las diez y cuarto de la noche y no tengo nada más que hacer. Un día intranscendente más, esta vez al borde de la desesperación. Cuanto menos hago, más inútil me siento. No lo puedo evitar, mi polaridad ahora mismo es negativa y no me veo capaz de hacer absolutamente nada. Me tengo miedo a mí mismo, porque me pongo trampas y, a la vez, soy condescendiente. Me acomodo yendo de un extremo a otro. Sólo espero que pronto toque el reverso. Hace tiempo pensaba que necesitaba la luz del sol para tener más energia, más tarde dije que tenía que cambiar de tercio, luego, ¿qué será?

Han pasado diez minutos y me acabo de lavar los dientes y la cara. Me voy a poner las gafas para verlo todo más claro, pero no sé qué hay más allá de los nubarrones, a parte del cuarto menguante. Inclino mi cabeza a la izquierda mirando hacia la luna y me veo reflejado. Se avecina tormenta, pero no rompe a llover.

Ya sé que todavía es pronto, pero estoy cansado. Esperar a que pasen las horas cansa. Estar despierto cansa. Todo arde, desde las paredes hasta mis ojos.
Wait in the fire, wait in the fire...

Buenas noches. Nos vemos mañana en el mismo lugar, con un día menos para reaccionar.

lunes, 26 de abril de 2010

Un momento en la vida


- Ha llegado un momento en el que todos estáis emparejados y yo estoy soltero y me veo fuera de juego.

- Tienes que salir más. Como dice Lichis "es la falta de amor la que llena los bares".

- ¿Y a dónde voy a ir?

- Vete a cualquier discoteca. Están llenas de tías que estarían dispuestas a pasar un rato contigo.

- No, eso no, ando mal de dinero y no estoy como para pagarme put...

- Que no, que no me refiero a eso, aunque es otra posibilidad. Lo que yo digo es que las tías quieren pasárselo bien. Pero muchas de las que van a esos sitios, seguro que se lian con el primero que cumpla sus requisitos.

- ...

- Pues con que sea guapo, gracioso, le eche morro y baile bien ya tiene bastante hecho.

- ¡Joder! Casi nada. ¿Y qué pasa con los tímidos, que no bailan, les sudan las manos y se quedan en blanco cuando entran a una chica?

- Que lo tienen jodido. Prueba a decirles "hola".

- ¿Pero cómo se va a poder hablar en un sitio así si no se oye nada? Esos sitios no son para hablar con nadie... y tampoco veo chicas interesantes.

- ¿Te refieres a eso? Pensaba que querías follar. Ya sabes.

- Sí, creo que me acuerdo de eso. Jorge, voy a morir solo.

- A no ser que te entierren en una fosa común.

- Sería un buen sitio para conocer gente.

- No creo que te dieran mucha conversación.

- Yo tampoco la suelo dar, soy más de escuchar. Creo que tendríamos bastante en común.

- ¿La palidez?

- Además de eso. Creo que estoy muerto por dentro.

- Me deprimes a mí y a todo el mundo. Por eso nadie se acerca a ti.

- Trataré de ser más positivo.

- Sí, tío. Hay que ir con buen autoestima y seguridad.


Días después...

- He hecho un avance. Nada de discotecas. En la misma calle.

- Espera, vamos a bajar a la terraza, nos tomamos una cervecita y me cuentas.


Minutos más tarde...

- Dime, ¿qué te ha pasado?

- Ayer iba por la calle. Di una vuelta después de salir de trabajar. Con esto del buen tiempo, la gente no para en casa y yo me animé a salir. Como te he dicho, viene el buen tiempo, el calor, menos ropa...

- Me voy a pedir otra cerveza, que se pone interesante.

- Sí, bueno. Resulta que voy andando por la calle y me fijo en una chica rubia con falda corta que va andando por la acera y yo, con el cuello girado, la miro distraído.

- ¿Y ya está?

- Espera, que te sigo contando. Como estaba mirando para otro lado, al doblar la esquina choqué con una morena, con vestido de los de ir a trabajar. Se le cayeron los papeles al suelo. Le pedí perdón y le ayudé a recogerlos. Hubo un momento en el que estábamos de cuclillas, cogimos la misma hoja, nos incorporamos y, al levantar la cabeza, nuestros ojos se clavaron. Conectamos. Te juro que conectamos.

- ¡Muy bien! Así dejarás de ser el llorón que eres.

- Espera, que hay más. Hubo una risa nerviosa, apartó la mirada y se echó el cabello hacia atrás. Yo creo ella sintió algo. En ese momento se levantó un poco de viento y volaron unos cuantos papeles calle abajo. Yo me fui corriendo detrás de ellos y logré ataparlos. Mientras iba a devolvérselos, a lo lejos, se apreciaba su figura a contraluz. Impresionante. Al llegar donde estaba ella, le di sus papeles. Me dio las gracias y yo la invité a tomar algo.

- Bien hecho. ¿Qué dijo?

- Tenía que irse a casa a hacer la cena a su marido, porque él llega bastante tarde. Me volvió a dar las gracias y me soltó el típico: "que Dios te lo pague con una buena novia" y se fue.

- Lo del marido es un detalle sin importancia. Tenías que haber insistido... por lo menos lo intentaste. ¿Cómo reaccionaste?

- Me cabreé. Otra que se me escapa. Le dije que Dios es insolvente.

- Al final sí que vas a morir solo.

- Al menos quedan los amigos.

- La verdad es que sí. Brindemos por la madre que nos parió, bien a gusto se quedó.

sábado, 24 de abril de 2010

Más allá de Venus


Venus era verde y ella miraba con el alma.

Permanecía abstraída en un viaje que, realmente, nadie creería que estuviera realizando.
"¿Qué pintas tú en esa expedición?" es lo que ella entendía que cualquier persona le podría preguntar.
"Todos los que han querido venir lo han hecho. Los que no habéis querido os lo habéis perdido y nunca lo entenderéis" es la certera réplica que podía dar.

A pesar de pensar tanto en ello, en lo que pudiera opinar cualquier persona ajena a esta aventura, ya no había marcha atrás. La hermosa joven, de rizos dorados, ojos azules y naricilla respingona inundada de pecas se cansó de vivir en el lugar donde nació. No quería estar plagada de obligaciones sin haber conocido más que esa pequeña población en la que todos los días parecían idénticos y de la que corría riesgo de quedar atrapada si dejaba pasar el tiempo. Quería dejar atrás a la niña de 17 años que no terminaba de florecer por estar enjaulada en un florero de cristal. Necesitaba una maceta, con una vasta extensión de tierra.

"¡Han pasado ya cuatro años desde que me fui de casa!". Le dio tiempo a calcular. La travesía hacia una nueva dimensión estaba resultando tan tranquila y silenciosa que le dio tiempo a darse cuenta de los detalles más insignificantes de su vida como podría ser el primer día en la escuela, la vez que se cayó del columpio, se vio un día cualquiera saltando a la comba, cogiendo una botella de vino a escondidas para beber... muchos detalles que fueron definiendo su manera de ser.

"Se ve todo tan oscuro". Todavía quedaba mucho tiempo para llegar al destino. Esperaba encontrarse bien al llegar, puesto que nunca se sintió cómoda allá donde estuvo. Podría ser su naturaleza, la de esperar siempre algo mejor a lo que tiene, pero lo cierto es que no dejaba de buscar el mejor sitio para vivir. No era el primer viaje que realizaba, aunque éste resultaba ser el más lejano y, seguramente, el definitivo. Al menos, en la última carta que hizo llegar a su familia les explicó su marcha, escribendo que deberían sentirse orgullosos de su hija, ya que llegaría más lejos de lo que nadie iba a poder llegar.

"¡Me siento tan feliz!". Así terminaba la carta y así se sentía ella en ese instante. El viaje había finalizado.
En su rostro se dibujó una sonrisa al instante en el que el veneno hizo su efecto.

miércoles, 10 de marzo de 2010

La fiesta de disfraces

La muerte hace retratos de los vivos, mientras el difunto es mejor persona de lo que era.
Vuelan en círculo hasta que el moribundo está bien muerto. La herencia es su carroña.
Oigo a personas llorarte cuando antes te habrían cobrado por un saludo.
"Siempre nos dejan los mejores" dice el tipo que toda la vida te ha dado por culo.
Preso de la quietud y el silencio eterno pienso... ojalá te levantaras para reírte de todos estos tipos mentalmente enfermos.
Sólo tienen codicia. Pobrecillos, no hay suficiente para todos.
Desde la que llora desconsoladamente hasta el hombre que te pone bajo dos metros de arcilla, limo y arena en el entierro.
Debajo de esos trajes y vestidos negros llevan ropa llena de colores vivos, sobre todo, del color del dinero.
Es la fiesta de disfraces, donde se juega a estar triste y serio.
Todos estáis invitados, hay canapés y fiambre.

lunes, 15 de febrero de 2010

Un pensamiento de furia

Ahora mismo soy el percusionista oficial de la oficina. No sé por qué tengo estos nervios que me incitan a hacer este ruido infernal. Yo lo llamo "Samba minimalista de un desesperado en la oficina". Por cada pisotón, golpeo cuatro veces la mesa con la yema de los dedos de la mano derecha. Sería algo como "dedos, dedos, dedos, dedos, pisotón..." y así sucesivamente hasta que algo o alguien me saque de mi ensimismamiento. Estoy concentrado en no perder el ritmo. En que cada golpeo sea en el momento adecuado.

- ¡Deja ya de hacer ruido! - escucho a alguien protestar.

Ha llegado el instante en el que me han sacado de mi mundo musical. No me saben apreciar en este sitio. Aquí hay de todo. Un amplio abanico de posibilidades y de gente despreciable. El que no tira de la cadena en el baño, la que chilla para que sepamos que tiene un cargo importante, la inútil que no da una, el que huele mal, el chistoso sin gracia, la pesada que quiere todo para ayer, la que sale a la calle a fumar cada media hora... y así podría seguir uno a uno. Todos tienen algo que me irrita y cada uno juega un papel en esta pequeña sociedad de 8 de la mañana a no se sabe qué hora de la tarde-noche.

Cuando entré como becario hace 11 años, todavía pensaba que el futuro era prometedor y que acabaría con un chalet adosado con piscina y dos coches para meter en el garaje, una esposa cuyo trabajo sería mantener su físico en el gimnasio y una amante en la otra punta de la ciudad. Era bastante ambicioso, pero todo esto era algo factible. Con mi preparación y mi trabajo adquiriendo todos los conocimientos que debía aprender era cuestión de que en unos 6 años tuviera un buen puesto y en 10 ser directivo, que son los que ganan dinero de verdad. De eso se trata, de ganar dinero y llegar a tener poder, de formar parte del grupo de los que se llevan la mayor parte del pastel, de ser la envidia de los demás, de tener un apartamento en Manhattan. Lo normal que se le puede exigir a una carrera con grandes expectativas.

Al principio, todo iba según lo previsto. Al año me hicieron fijo y estaban muy contentos con mi labor allí, puesto que no suelen contratar a los becarios. De inmediato empecé a producir más que ninguno en el grupo de trabajo formado por la escotes, recién operada de pecho y, claro, había que mostrar los resultados; el barbas o cómo tener siempre un trozo de comida en la cara; muerdealmohadas, siempre que coincides con él en los baños, mira de reojo cuando miccionas y pasa su lengua sobre el labio superior, como si estuviera saboreando lo que ve; la depresiva, mujer de mediana edad que suele acabar llorando cuando se ve desbordada por el trabajo, su entorno, la llamadas que recibe por teléfono... por todo, y el jefe, dientes verdes, los cuales, estoy seguro de que brillan en la oscuridad.

Todo iba sobre ruedas. Pronto me tuvieron en cuenta para tener personas a mi cargo, con lo que, el grupo en el que estaba, se dividió en dos. Yo me quedé con una parte y se incorporó un becario nuevo. Me quedé con la escotes, para alegrarme la vista, y el barbas, para entristecerme la vista y compensar la distracción que me suponían esos pechos operados. Era asombroso cómo mi carrera profesional iba saliendo según lo había previsto antes de entrar en esta empresa y era cuestión de tiempo que los demás objetivos comenzaran a cumplirse.

Lo malo es que no conté con el enchufismo y no tuve en cuenta los 10 mandamientos:

1. No es lo que se hace, sino lo que aparentas que haces.
2. Si cometes algún error, demuestra que ha sido un fallo de otra persona.
3. Nunca seas el primero en levantarte de tu puesto de trabajo, aunque ya haya finalizado tu jornada laboral. Está mal visto.
4. Haz lo que diga tu superior. No te pagan por pensar.
5. Si tu superior estaba equivocado, más te vale tener pruebas de su equivocación o las culpas recaerán sobre ti.
6. Aunque tengas las pruebas, te llevarás una bronca. Si tienes personas a tu cargo, debes echarles la culpa a ellos y que estos hagan lo mismo si son responsables de personas con menor rango. Así hasta que se llegue a la base de la pirámide.
7. Siempre hay factores externos que impiden cumplir los plazos de cumplimiento de un trabajo.
8. Si te piden un análisis de los plazos, di el doble de lo que piensas que tardarías, puesto que a ti te exigirán que lo termines en la mitad del tiempo estimado.
9. Hay que ser correcto y educado con las personas que sabes que pueden decidir tu carrera e inflexible con la gente intranscendente.
10. No matarás.

Mientras saboreo y mordisqueo la tapa del bolígrafo pienso en qué momento se empezó a torcer mi carrera. Las personas, aparentemente, más inofensivas son las que más daño te pueden hacer. No esperas que te puedan llegar a perjudicar. Y, en mi caso, fue el becario. ¿Cómo me iba a imaginar que entró por enchufe y que se esperaba un ascenso meteórico por su parte? El puto sobrino del director general de la sede en España. El hijo más tonto de la hermana de su mujer. El mocoso más inútil y torpe que me haya podido encontrar. Cuando hice el informe en el comuniqué que no quería que le renovaran (por decirlo de manera suave), fue el día en el que me marcaron como hacían los nazis con los judíos. Por supuesto, al término de su periodo de becario, el niñato enchufado accedió a un puesto al que optaba yo. Con lo cual, me hizo la vida imposible. Años de menosprecio, de hacerme sentir cada vez más prescindible, de mandar informes a otras empresas del sector para que no me contrataran y tenerme aquí haciendo el trabajo sin motivación, con un sueldo no acorde a mis perspectivas y cualidades me han convertido en un ser indefenso. Pensando en mis numerosos gastos, no me ha quedado otra opción que aguantar esta situación. Estancado es la expresión adecuada, aunque resulta más preciso hablar de estar atrapado.
De ser alguien bastante respetado al principio, tuve que pasar a relacionarme con esta gentucilla que serían mis compañeros. La evolución ha ido a peor. De bajar con ellos a tomar el café y aguantar sus estúpidas bromas, pasé a poner excusas para no ir, terminando en una situación inaguantable de tonterías por su parte que cada vez me ponen más agresivo. He tenido en los últimos meses dos faltas leves por agresión verbal y, a la tercera, se convertirá en una falta grave, con sanción económica de por medio.

Tengo la vista cansada y me tapo los ojos con las manos y, al relajarme, mis pensamientos más profundos y agresivos empiezan a salir a flote. ¿Qué pasaría si mandara todo a la mierda? ¿Si diera rienda suelta a mis sentimientos y le diera a cada uno su merecido? Me pongo de pie, subo a la mesa y cojo los ordenadores y los lanzo contra la pared y otros los tiro por la ventana. Mientras salto de mesa en mesa, pateo alguna que otra cabeza, sobre todo, si me encuentro la del chistoso sin gracia en el camino. Le sobo las tetas a la escotes, porque aunque haya engordado en todo este tiempo, siempre tuve ganas de estrujárselas, ya que siempre estaban a la vista, incitando a que lo hiciera. Alguien trata de reducirme por la espalda, eso es de cobardes, y le hago una llave, agachándome, en la que utilizo toda su fuerza para darle la vuelta y que se caiga de espaldas. Ya en el suelo, le doy unos cuantos puñetazos, para que vean todos qué es lo que les espera si osan a actuar como él. Ahora mismo ni le reconozco la cara. Ante tal desconcierto, por parte de estos insignificantes personajes, voy dirección al despacho de mi principal enemigo. Llego a la puerta y está cerrada, al parecer está reunido. La abro de una patada.
- ¡Tú, fuera de aquí! - señalando a la persona con la que el enchufado estaba reunido - Esto es entre él y yo.
En ese momento sale del despacho asustado, y corriendo como puede, un hombrecillo en edad de jubilación. Observo que se ha agolpado toda la oficina en la puerta y ventanas que dan al interior del despacho, pero no se atreven a entrar a apaciguar mi ira. Seguramente han llamado a la policía, pero el mal está hecho y no voy a dar marcha atrás. Voy a morir matando. Empiezo a golpear a mi némesis hasta la extenuación y cuanta más sangre brota de su cara de porcelana pija que acabo de romper, más liberado me siento. ¡Qué sensación más hermosa!

Me quito las manos de los ojos y ya estoy más relajado y, a la vez, más preocupado. Me he dado cuenta de que mis objetivos se reducen a sentir esa liberación con la que he fantaseado y vengarme de la persona que me ha provocado este mal en todo este tiempo. Ya no me importan los sueños que tenía antes, estoy cansado de todo. Me dispongo a ponerme de pie y subirme a la mesa. Cuando tengo un pie apoyado en la mesa para impulsarme...

- ¿Qué cojones haces? - dice el chistoso sin gracia.
- ¡Eh! nada, me voy a atar los cordones del zapato - respondo, mientras me doy cuenta de que no me atrevo a dar el gran paso.
- Pero si los llevas atados - observa -. Siempre has sido un tío raro.

Mientras escucho las carcajadas de todos a mi alrededor, le miro con cara de odio y pienso:

- Algún día tendréis vuestro merecido.