- Algún día tendréis vuestro merecido.
en; hasta ir pasando al estado de máxima incompetencia para demostrar lo gilipollas que es la gente. Sobre todo, ante situaciones que no son las esperadas. Así, después de un mes trabajando con normalidad, aguantando gritos por teléfono; siendo un psicólogo para los clientes que me cuentan los problemas que causan las incidencias en las líneas de teléfono, mientras hago que me intereso por ellos y les digo que su llamada es muy útil; los descansos de cinco minutos puntuales por hora trabajada y los informes detallados de cada llamada... pasaron a un correcto aprovechamiento de las seis horas de trabajo durante cinco días a la semana ocupándolas en lo único que valgo hasta ahora, escribir. No me llevo bien con la gente de allí, tampoco mal. Hablo poco con los compañeros, ya que no me interesan sus vidas, ni me aportan algo más allá que indiferencia. En este trabajo de mierda, he conseguido que me den varios toques de atención en los últimos meses sin trágico resultado, ya que les manipulo o pongo varias excusas hasta que razonan, equivocadamente, que sería un error despedirme. La mayoría de las veces ni siquiera se dan cuenta de lo que hago, es normal que no estén cualificados para verlo ganando el salario mínimo. He cantado por teléfono, me he hecho pasar por un contestador automático, por teleoperadora de línea caliente, he hecho que los clientes hablaran solos, he repetido lo que decían... y todo para mi satisfacción personal. Nunca el saludo de rigor - "Buenos días, le atiende Rensi Jackson, ¿en qué puedo ayudarle?" - fue tan inexacto.
bola con pedacitos del poco ingenio que me queda. Desesperación. Cuando crees que has dado todo y sabes que no es suficiente, ahí me encuentro yo. Sin saber si seguir o parar. El "ya me pondré mañana" dejó de ser una buena estrategia, no tengo ninguna esperanza en el mañana, esta situación persiste desde hace bastante tiempo... maldito tiempo. Tic tac, tic tac. Ya se pasó el ser una joven promesa, ahora exigen resultados. ¿Quién exige? Todos exigen.
paró delante de mí y me miró con esos ojos de verde jade que te derriten y te hacen perder el control. ¡Era imposible negarle algo!Se agachó a coger su herramienta de trabajo y se acercó a mí
visiblemente alterado. Su respiración era como la de un elefante con enfisema pulmonar y tenía el andar torpe de un John Wayne recién levantado y con resaca. Cada vez que abria la boca se me saltaban las lágrimas. No era por el miedo, su aliento me hería. Aun así, pensé que eso sería mejor que estar muerto. Era difícil sentir empatía por algo tan desagradable para todos los sentidos, pero de alguna manera desprendía humanidad.
En un momento de locura, por desesperación y porque se me había olvidado que debía pasar desapercibido, pregunté:
- ¿Qué quieres de mí?
Su vista se apoderó de la mía y eso me obligó a desviar los ojos, haciéndome perder el duelo de miradas. Un gruñido fue su respuesta y la mía fue comenzar a temblar. Si pudiera hacer una lista de mis peores días, éste formaría parte de los cinco peores. ¿Por qué no estaría en el primer puesto? Porque conocer a la muerte fue más agradable que conocer a mi suegra.
Tras esa apariencia monstruosa con su capa negra grisácea se escondía un ser atormentado. El caso es que algo cambió en él al acercarse a mí. Me ayudó, sin tocarme, a salir de la carrocería de mi coche, que me abrazaba como una novia despidiéndose de su amado que marcha a la guerra. Lo único que pude hacer fue arrastrarme por el suelo hasta quedarme en posición fetal.
- Mírame, sé quién eres - me habló la muerte, ¡a mí! Si pudiera describir su voz, la definiría como una mezcla de Joaquín Sabina y Luciano Pavarotti.
- ¿Cómo sabes quién soy? - no sabía si debía abrir la boca, pero lo hice.
Volvió a gruñir. Esta vez con más fuerza. Parecía que no le gustaba que le hablara.
- Sé quien eres, porque soy la muerte y he venido a por ti. Tú eres el siguiente - la última frase retumbó en mis oidos.
No pude decir nada. Sólo quería hacerme cada vez más pequeño hasta desaparecer de su vista.
- En otras circunstancias ya estarías completamente muerto.
- ¿Ahora no lo estoy? - pregunté, sorprendido de que la muerte quisiera indultarme.
- No.
Después de un minuto de silencio, volvió a dirigirse hacia mí.
- Necesito contarte algo.
- Adelante. Eres el dueño de mi tiempo.
¿Estaría preparado para conocer el sentido de la vida? No lo estaba, pero la muerte no tenía en cuenta mis sentimientos.
- Yo soy la muerte. Soy un enviado de los seres supremos. Me encargo de recoger todos los cuerpos de los infraseres que habitáis en el universo. Cuando venís a mi dimensión os corto en pedazos con mi guadaña y realizo una ofrenda con vuestros restos. Una vez se ha realizado la ofrenda, el alma sale del cuerpo hacia su nueva dimensión - hizo una larga pausa.
- ¿Puedo preguntarte algo? - aproveché la pausa para aclarar mis primeras dudas.
- ¡No me interrumpas! - gritó de tal manera que me peinó el pelo hacia atrás.
- Por favor, sigue.
- En la nueva dimensión se decide el destino de las almas. El destino va marcado en el interior de cada alma y se concreta con las pruebas que los seres supremos ponen a los infraseres. El tipo de pruebas depende del tipo de infraser que seas. Tú, y los que son como tú, tenéis nivel medio. Puedes preguntar.
- ¿Seres supremos?
- Sí. El Supremo Hacedor y el Supremo Deshacedor.
- ¿Cómo es la nueva dimensión?
- Yo nunca he estado allí, cuando termine mi misión podré ir - en este momento pensé que la muerte era una gran pringada.
- ¿Y cuánto va a durar tu misión?
- Los seres supremos hicieron de la nada el universo con el fin de demostrar quién tiene más poder. Así, crearon lo que vosotros llamáis vida y los primeros infraseres comenzaron a habitar el universo, colonizarlo y evolucionar dentro de él sin que los seres supremos interactuen con los infraseres. También me crearon a mí, para cumplir mi misión. La duración de la misión será hasta que termine el flujo de lo que llamáis vida.
- ¿Cuánto tiempo es eso?
- Cien mil millones de años.
- ¿Cuántos llevamos?
- Catorce mil millones de años - el cuerpo de la muerte se mostró más débil al saber que sólo había realizado poco más del 10% de su misión.
- ¿Entonces toda la vida ha surgido por una apuesta entre Dios y el diablo? - ¡a ver quién la tiene más grande!
- ¿Dios y el diablo? ¿así los llamáis? ¡idiotas! - se puso hecho una furia.
- Sí, bueno. En otros sitios tienen otros nombres. Incluso tienen diferentes formas y escupen fuego, pero Dios es el bueno y el diablo es el malo.
- ¿Qué significa bueno y malo? - la muerte no entendía nada. Yo menos.
Después de pensarlo, no supe dar a una respuesta.
- ¿Por qué me cuentas esto? - cambié de tema.
- Después de tanto tiempo, tenía que hablar con el infraser adecuado y tú osaste a mirarme - definitivamente, la muerte era la gran pringada. Sentí pena por ella, la gran perdedora y siempre odiada muerte.
- Así que te elegí para que fueras el infraser que me escuchara y me ayudara.
- ¿Cómo quieres que te ayude?
- Acompáñame.
Me agarré de su esquelética mano para conseguir levantarme y, de repente, mi cuerpo se resquebrajó hasta rompense y mi alma comenzó a atravesar un tunel dimensional, que acababa en la más intensa luz.
Durante el camino escuché a la muerte gritar lo siguiente:
- ¡No! ¡Estúpido! Si me tocas mueres. ¿Ahora quién me va a ayudar?
La muerte subestimó mi torpeza y la capacidad de deshacer todo lo que alguien intenta construir.
Como una hoja de papel sumergida en el agua.
Nadie ha pasado sin tropezar.
